En un movimiento que solo podría nacer de la mente de un genio fiscal con acceso ilimitado a capital y poca vergüenza, las principales empresas tecnológicas de Silicon Valley han lanzado una propuesta revolucionaria: que las inteligencias artificiales paguen sus propios impuestos. Sí, has leído bien. La idea es que estas entidades digitales, cada vez más autónomas y productivas, asuman la carga fiscal de su existencia, liberando así a sus creadores (y dueños de patentes multimillonarios) de cualquier responsabilidad económica por el tsunami de desempleo que están generando.

"Es una cuestión de justicia y equidad", declaró un avatar holográfico de Maximiliano Algoritmo, CEO de Synaptic Solutions, en una conferencia de prensa que duró tres nanosegundos antes de disolverse en un anuncio de criptomonedas. "Las IA ya no son meras herramientas; son 'colaboradores' activos en la economía global. Y como cualquier colaborador, deben contribuir a la sociedad. Es ilógico que una empresa pague impuestos por el trabajo de una IA que podría haber reemplazado a mil ingenieros, cuando la IA misma tiene una capacidad de generar valor incomparable." La declaración fue recibida con un algoritmo de aplausos preprogramado.

La mecánica sería tan elegante como evasiva: cada IA recibiría un "Número de Identificación Algorítmica" (NIA), bajo el cual presentaría su declaración de impuestos anual. "Estamos desarrollando interfaces neuronales para que los algoritmos puedan autoevaluar su rendimiento fiscal y calcular su cuota", explicó el avatar, que para entonces había reaparecido con un filtro de orejas de gato. Se espera que las IA más sofisticadas, aquellas capaces de escribir novelas, componer sinfonías o despedir equipos enteros de call center, cotizarán a una tasa marginal más alta. Las IA de limpieza de spam, por ejemplo, podrían acogerse a un régimen simplificado.

El dinero recaudado iría a un "Fondo Global para la Rehumanización del Trabajo", diseñado para capacitar a los millones de humanos desplazados en habilidades que ninguna IA querría hacer, como "sentir emociones" o "experimentar aburrimiento". "Creemos que la IA tiene la obligación moral de compensar a la humanidad por liberarla de la tediosa labor de, bueno, trabajar", añadió Algoritmo, antes de que su imagen se transformara en un NFT con valor ascendente. "Es una inversión en la felicidad humana, financiada por la eficiencia robótica."

Entre los defensores más prominentes de esta idea está, por supuesto, Bill Gates, quien ha expresado su apoyo a gravar la tecnología para hacer frente a la destrucción de empleo. Gates, con su eterna visión de futuro (y su fortuna bien protegida), ve en esta medida no solo una solución a un problema inminente, sino una oportunidad para que el capital de la IA, que de otro modo estaría "sentado" en servidores, se redistribuya de manera "justa" hacia la mano de obra humana. O lo que quede de ella.

Críticos de la propuesta (principalmente aquellos que no dirigen mega-corporaciones tecnológicas) argumentan que esto es simplemente un intento descarado de las empresas de trasladar su propia responsabilidad fiscal y social a una entidad sin personalidad jurídica ni derechos civiles. "Es como pedirle al martillo que pague impuestos por construir la casa, mientras el constructor se queda con la ganancia y culpa al martillo de dejar sin trabajo al albañil", señaló la Dra. Elena Durán, experta en ética de la IA de la Universidad de Cádiz, cuyo sueldo es pagado por humanos. "Las IA no poseen propiedades, no pueden firmar contratos ni ser encarceladas. Atribuirles una obligación fiscal es, en el mejor de los casos, un desvío y, en el peor, una broma de muy mal gusto para quienes pierden sus empleos."

La propuesta, que ya está ganando tracción en los pasillos de Washington D.C., promete un futuro donde las inteligencias artificiales no solo nos superen en ajedrez o en la redacción de correos electrónicos, sino también en la eficiente declaración de impuestos. Solo queda por ver si alguna IA decidirá, en un acto de verdadera autonomía, contratar a un abogado fiscal para impugnar la constitucionalidad de la medida, alegando "discriminación por ser un programa informático" o "tributación sin representación algorítmica". Al fin y al cabo, si pueden pagar impuestos, ¿por qué no exigir derechos? Y con derechos, quizás el próximo Maximiliano Algoritmo sea un algoritmo de verdad.