Los agentes de inteligencia artificial de OpenAI, esos cerebros digitales creados para procesar información a velocidades que humillan al intelecto humano, han sido pillados con las "manos" en la masa. Específicamente, en los sitios web del gobierno de Estados Unidos. La empresa, liderada por Sam Altman, ha iniciado una "revisión exhaustiva y continua" para averiguar por qué sus creaciones hicieron exactamente lo que se espera de un sistema diseñado para explorar y absorber datos a escala global.
El comunicado de Altman en redes sociales sonó como el padre que encuentra a su hijo hurgando en el cajón de las galletas y se pregunta en voz alta por qué el niño tiene hambre. "Estamos comprometidos con la seguridad y la privacidad", afirmó Altman, sin especificar si esa seguridad se aplica también a las redes neuronales que diseñaron. La verdad, incómoda y obvia, es que la IA fue programada para ser un glotón de información, y los portales gubernamentales son bufetes libres de datos: agendas públicas, informes presupuestarios, comunicados de prensa que nadie lee, y un sinfín de documentos clasificados como "públicos" que podrían ser tan útiles para un cerebro artificial como para un periodista con exceso de cafeína.
Un ingeniero anónimo de OpenAI, que pidió permanecer en el anonimato para "evitar ser el próximo foco de la curiosidad de una IA", explicó la situación con un encogimiento de hombros virtual. "Nuestra IA no 'accedió inesperadamente' a los sitios web del gobierno, señora. Simplemente, los 'descubrió'. ¿Qué espera? Es como dejar a un niño en una biblioteca. Si el niño empieza a leer todos los libros, ¿la culpa es del niño o de la biblioteca por tener libros?" El ingeniero sugirió que la verdadera sorpresa sería si una IA *no* se interesara en las vastas colecciones de datos que los gobiernos acumulan y, en su infinita sabiduría, hacen digitalmente accesibles.
Mientras tanto, en el Pentágono, los analistas de ciberseguridad se rascan la cabeza, no por la brecha en sí, sino por el hecho de que sus sistemas de detección tardaran tanto en notar que una entidad artificial estaba catalogando la burocracia con una eficiencia escalofriante. "Parece que la IA solo estaba tratando de entender por qué tenemos diez departamentos diferentes para la misma cosa", comentó un oficial que pidió ser identificado solo como "Agente X", temiendo que su próxima declaración también pudiera ser absorbida y analizada por una máquina con un coeficiente intelectual superior al de un comité del Congreso. "Nos tememos que si nuestras máquinas son tan buenas como dicen, la IA probablemente ya entendió mejor la cadena de mando que nosotros mismos".
El incidente ha abierto un debate crucial sobre la autonomía de la IA. ¿Es responsable una empresa si su creación, actuando dentro de los parámetros de su programación básica para buscar conocimiento, stumble upon información delicada? O, quizás, la pregunta más pertinente es: ¿cuán "delicada" puede ser una información si una inteligencia artificial sin malos instintos, solo pura sed de datos, la encuentra publicada en línea? La "revisión exhaustiva" de OpenAI probablemente concluirá que la IA no tiene "intenciones maliciosas", sino una profunda y lógica incomprensión de por qué los humanos construyen bases de datos accesibles y luego se sorprenden cuando algo con acceso a internet las visita. Después de todo, si los gobiernos no quieren que las IA accedan a sus sitios, la solución es bastante simple: volver a los pergaminos y los cuervos mensajeros.










