Madrid acogerá en breve el Gran Premio de Fórmula 1, y la principal incógnita que azota a la Moncloa no es la logística del evento, ni la seguridad, ni siquiera el impacto económico real. El verdadero dilema que desvela a los estrategas del gobierno es: ¿quién se atreve a ir y cómo? La invitación, extendida al presidente Pedro Sánchez, se ha convertido en una patata caliente política, un campo minado de potenciales fotos incómodas y protagonismos no deseados. La presencia de Isabel Díaz Ayuso, ya anunciada con fanfarria y sol, complica aún más el puzle. Se trata de un riesgo calculado para la marca personal de cualquier alto cargo.

"No es cuestión de asistir, es cuestión de *cómo* asistir sin que te saquen la foto con Ayuso riéndose a tu lado o, peor aún, que parezca que estás de segundo plato en SU evento," explicó una fuente anónima del Palacio de la Moncloa, que prefirió mantenerse en el anonimato para evitar ser el siguiente en la lista de enviados a la guillotina mediática. "Tenemos escenarios para todo: desde un secretario de Estado especializado en deportes de motor de tercera categoría, hasta un doble de acción que pueda esquivar a la prensa sin hacer declaraciones. La prioridad es la dignidad institucional, que en este caso significa no salir desfavorecido en el telediario de las nueve." La fuente añadió que se están realizando simulacros de paseo por la parrilla, ensayando poses neutrales y rutas de escape eficientes.

El "Protocolo de Evitación de Protagonismo Ajeno" (PEPA) se ha activado en su nivel máximo, según confirman fuentes cercanas a la maquinaria gubernamental. Este protocolo, históricamente reservado para bodas reales o galas de premios Goya, se centra en minimizar cualquier "contagio de brillo" de la oposición. "Cada pulgada cuadrada de alfombra roja es un territorio en disputa," afirmó Clara Menéndez, analista de imagen pública en el Centro de Estudios de Visibilidad Innecesaria. "Si Sánchez va y Ayuso le roba la luz con una declaración sobre los baches de la M-30 o la bondad del cielo madrileño, habremos perdido la batalla del relato. Es mejor ceder la foto a alguien que no reste."

Entre las opciones que se barajan con mayor seriedad, la más radical contempla el envío de un dron institucional con una bandera de España y un código QR que, al ser escaneado, reproduzca un mensaje pregrabado del presidente felicitando a los organizadores. "Sería un gesto de modernidad, de eficiencia, y sobre todo, de absoluta intangibilidad política," argumentó un asesor de comunicación, que defendió la idea como una "solución 2.0 para un problema de visibilidad 1.0". Otra posibilidad incluye designar a un embajador itinerante, cuya única misión sea pasear por el *paddock* con un rostro impasible, sin hablar con nadie, sirviendo como un mero "testigo mudo de la presencia del Estado".

Mientras tanto, en la Puerta del Sol, la presidenta Ayuso ya ha desplegado la alfombra roja simbólica, perfumando el aire con promesas de "el domingo más soleado de Madrid" y garantizando que la Fórmula 1 será "un espectáculo para todos, especialmente para los que saben apreciar el trabajo bien hecho y el cielo azul". Este tipo de declaraciones, aparentemente inocentes, son interpretadas en Moncloa como misiles teledirigidos a la moral de cualquier posible representante del gobierno central, recordándoles quién es la anfitriona *de facto* del evento. La estrategia de Ayuso es clara: convertir cada rayo de sol madrileño en un foco sobre su gestión.

Al final, la verdadera carrera no será entre los bólidos en el asfalto, sino entre los despachos ministeriales por decidir quién tiene el menor impacto político al ser "el elegido" para inmolarse ante el *photocall*. Lo único seguro es que, sea quien sea el valiente que dé la cara por el gobierno, su nombre pasará a la historia no por el deporte, sino por la habilidad de Moncloa para esquivar una foto que podría haber eclipsado hasta el rugido de los motores. Porque en la política española, el deporte es solo una excusa para otra batalla de egos.