La sala de reuniones se sentía más como una oficina de director de escuela. Los cerebritos que prometen un futuro dominado por máquinas pensantes, esos que con un chasquido de dedos deciden el rumbo de la humanidad digital, estaban sentados. Pero no con la arrogancia habitual de quien maneja miles de millones y algoritmos más complejos que la trama de una telenovela. No, estaban sentados, con la espalda recta y las manos en el regazo, como niños en la fila esperando la reprimenda.

El encuentro, presentado a la prensa como una cumbre vital sobre el futuro de la inteligencia artificial, rápidamente reveló su verdadera naturaleza: un ejercicio de poder puro y a la antigua. Los CEO de las empresas más influyentes en IA, esos genios que con una charla en TED pueden mover mercados, de repente se encontraron en un territorio donde su “visión para el futuro” y su “disrupción innovadora” valían menos que un dólar en un chicle. El Donald, con su habitual gracia diplomática, los puso en su sitio, uno por uno.

Fuentes cercanas a la tostadora de la sala de espera de la Casa Blanca confirmaron que el ambiente era tenso. “No era una conversación sobre cómo el deep learning optimizará la cadena de suministro global”, comentó un asistente, “era más bien un '¿quién te crees que eres?' colectivo. Se sentía como si los ejecutivos esperaran que les hicieran un examen oral sorpresa sobre las capitales del mundo, y el que fallara, recibía un coscorrón”. Algunos reportaron haber visto a un importante líder de la industria de software de nube garabateando en un papel, intentando resolver un problema de álgebra mentalmente para parecer ocupado.

Los titanes tecnológicos, habituados a ser los protagonistas de sus propios universos, descubrieron que en el ecosistema político de Washington, son solo otra especie más susceptible a la jerarquía de la manada. Los mismos individuos que lanzan alaridos sobre la necesidad de regular la IA para proteger a la humanidad, no pudieron articular una frase completa cuando se les preguntó sobre sus balances fiscales en presencia del ex-presidente. La visión de estos “futuristas” reducidos a asentir con la cabeza y a evitar el contacto visual fue un bálsamo para cualquiera que pensara que la humanidad ya había entregado las riendas a los robots.

“Es fascinante observar”, comentó el Dr. Elio Hernández, del ficticio Instituto de Estudios de Comportamiento Subordinado, “cómo la capacidad para programar una red neuronal que gane al Go no te prepara para navegar la brutalidad sin filtros de un patio de escuela política. Su algoritmo de toma de decisiones, optimizado para el crecimiento exponencial y la 'disrupción', colapsó ante el simple 'porque yo lo digo'”. Hernández añadió que el estudio concluyó que la confianza en uno mismo, cuando se basa en una cuenta de banco y líneas de código, es un castillo de naipes ante un matón carismático.

La reunión culminó con una foto grupal que, según analistas de lenguaje corporal, parecía más la imagen de un equipo de fútbol que acaba de perder por goleada y el entrenador les está explicando que “no son lo suficientemente duros”. Los líderes de la IA se fueron, sin haber “disruptado” nada, salvo quizás la idea de que su genialidad es universalmente aplicable. La moraleja: puedes construir un superordenador, pero no puedes enseñarle a no encogerse cuando el grandulón de la escuela te quita el almuerzo. Y parece que el “abusón del barrio” sigue teniendo una ventaja inquebrantable sobre cualquier inteligencia, sea artificial o no.