Naciones Unidas, el coloso de la inacción global, ha iniciado con gran fanfarria su búsqueda para un nuevo Secretario General. La misión, según fuentes cercanas al proceso, no es encontrar a un 'general' que lidere, sino un 'secretario' que sepa firmar sin mancharse las manos, un experto en la delicada danza de la burocracia internacional donde el verdadero arte reside en no hacer absolutamente nada que pueda perturbar el statu quo. Se busca, en esencia, un notario planetario con excelentes habilidades para la oratoria vacía.
El candidato ideal, según una 'lista de deseos' filtrada desde las entrañas de la sede neoyorquina, debe poseer una rara combinación de carisma teatral y parálisis estratégica. Necesita dominar el arte de las 'declaraciones enérgicas' que condenan sin nombrar, las 'llamadas a la calma' que nadie atiende y los 'diálogos constructivos' que no construyen nada. La capacidad de organizar cumbres y conferencias donde se pronuncian discursos elocuentes pero se evitan las resoluciones vinculantes es un plus. Se valora enormemente la destreza para redactar informes voluminosos que, si bien contienen un lenguaje impecable y estadísticas alarmantes, garantizan una inacción predecible.
«Necesitamos a alguien que entienda el verdadero propósito de la ONU», explicó un diplomático de carrera, bajo anonimato, mientras revisaba una pila de documentos que, con toda seguridad, terminarían archivados. «No estamos aquí para resolver problemas, eso es cosa de los gobiernos soberanos. Estamos aquí para crear la ilusión de que a alguien le importan los problemas, y para proporcionar una plataforma donde esos gobiernos puedan reunirse y culparse mutuamente sin llegar a las manos. Un buen Secretario General es el conserje de esa fachada, el que se asegura de que la alfombra esté limpia para el próximo número.»
Un reconocido 'analista de la paz global' añadió: «La ONU es un colchón diplomático. Su valor no está en parar golpes, sino en amortiguarlos. Si el Secretario General fuera realmente eficaz, podría generar inestabilidad al desafiar los intereses de las potencias. Buscamos un pacificador que no pacifique demasiado, un armonizador que no armonice en exceso. Es un equilibrio delicado entre parecer que se hace algo y no hacerlo.»
El nuevo jefe no será un comandante de fuerzas de paz ni un negociador intrépido. Será el anfitrión de gala de la inercia, el maestro de ceremonias de la parálisis. Su agenda estará repleta de viajes a zonas de conflicto donde ofrecerá su 'profunda preocupación', para luego regresar a la sede y emitir un comunicado que, una vez más, 'insta a todas las partes a la moderación'. Será el principal consumidor de café en reuniones de emergencia que terminan con un compromiso de 'seguir monitoreando la situación'. Su éxito se medirá por la cantidad de titulares que generen sus advertencias, y la nula repercusión práctica de las mismas.
Al final, la elección del próximo Secretario General de la ONU es un claro mensaje a la humanidad: la organización seguirá siendo un espejo, un reflejo de la voluntad (o la falta de ella) de sus miembros más poderosos. El candidato que logre proyectar una imagen de 'acción resuelta' mientras garantiza una 'quietud estratégica' será el elegido. Después de todo, el mundo necesita desesperadamente un lugar donde los problemas puedan ser discutidos, lamentados y, finalmente, ignorados con la mayor dignidad posible.






