Un reciente informe de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York, liderado por el profesor César Rodríguez-Garavito, ha encendido el debate sobre cómo la inteligencia artificial podría ser el traductor definitivo para las ballenas. La idea es simple: si entendemos lo que dicen los cetáceos, podremos otorgarles "derechos animales" más robustos. Como si la incapacidad de un ser para hablar español fuera el obstáculo principal para reconocer su existencia.

Según el documento, descifrar los complejos cánticos balleneros con algoritmos avanzados permitiría a los humanos comprender "sus necesidades y deseos" de forma inequívoca. El profesor Garavito, en una entrevista ficticia, comentó: "Una vez que la IA nos diga 'dejen de matarnos, contaminar nuestro hogar y vendernos como souvenirs', no tendremos más remedio que escuchar. Es un enfoque innovador para la empatía, que requiere millones de dólares en tecnología punta y años de investigación." Porque claramente, antes de la IA, nadie había pensado que una ballena preferiría vivir a ser arponada.

Críticos del enfoque, aquellos que no necesitan un superordenador para entender que los animales sufren, señalan que la humanidad ha tenido amplia evidencia de la vida y el dolor de los animales durante milenios. "Quizás en lugar de enseñar a las máquinas a traducir un 'ayuda' ballenero, podríamos simplemente dejar de hacer las cosas que les obligarían a pedir ayuda," ironizó un pescador de sardinas que no estaba al tanto del debate académico, mientras remendaba su red. "Pero claro, mi solución no implica becas ni artículos en revistas jurídicas prestigiosas."

La iniciativa ha sido recibida con entusiasmo en círculos académicos y tecnológicos, que ya vislumbran un futuro donde las ballenas podrían participar en conferencias de prensa vía Zoom, con subtítulos en tiempo real generados por IA, para abogar por su derecho a la privacidad reproductiva o a un fondo de pensiones digno. Un portavoz del Proyecto Proteus, una iniciativa ficticia que busca dar voz a los oprimidos del mar, añadió: "Nuestro primer paso será preguntarle a una ballena franca si prefiere tener un abogado corporativo o una dieta más variada. Es crucial que sus demandas estén en un formato que un tribunal humano pueda procesar, preferiblemente en Times New Roman 12, con interlineado doble."

Mientras tanto, en las profundidades del océano, las ballenas probablemente continúan con sus cánticos ancestrales, ajenas a que su reconocimiento como seres con derechos ahora depende de un servidor con refrigeración líquida y un equipo de postdoctorandos. Se especula que, de tener voz, su primera petición sería una prohibición total de los estudios de la NYU Law School cerca de sus zonas de apareamiento.