Washington, D.C. — La diplomacia mundial alcanzó nuevas alturas de irrelevancia la semana pasada cuando la delegación de Estados Unidos en una cumbre de la ONU sobre desertificación, en lugar de centrarse en la erosión del suelo y la escasez de agua, se dedicó a librar una heroica batalla contra el lenguaje.

En un acto que seguramente será recordado como un hito en la lucha por la pureza del léxico, los enviados de la Casa Blanca se negaron rotundamente a incluir términos tan peligrosos como “género”, “derechos humanos” y “pueblos indígenas” en el documento final. Según fuentes cercanas a la negociación, la insistencia fue tan férrea que eclipsó cualquier discusión sobre los 1.3 mil millones de dólares en financiamiento destinados a la restauración de pastizales y la resiliencia a la sequía.

“No podemos permitir que estos conceptos tóxicos se infiltren en el discurso internacional,” declaró anónimamente un miembro de la delegación estadounidense, quien pidió ser identificado solo como ‘un patriota preocupado’. “Son palabras que minan la soberanía nacional y confunden la verdadera misión: evitar que la arena se coma nuestros ranchos. ¿Qué tienen que ver las identidades personales con una duna? ¡Nada!” Añadió que la inclusión de “mujeres” también fue un punto de fricción, sugiriendo que el término “personas” era más que suficiente para describir a la mitad de la población mundial.

Expertos en despolitización de conflictos lingüísticos globales, como la Dra. Sofía Velázquez del Instituto de Estudios de Vacíos Semánticos, señalaron la brillante estrategia. “Es la lógica perfecta,” comentó Velázquez. “Si no nombras el problema, el problema no existe. Si no nombras a los afectados, ¿quién se quejará? Es una forma muy eficiente de no hacer nada mientras se parece que se está haciendo algo crucial.”

Mientras tanto, países en desarrollo, donde la desertificación está desplazando comunidades enteras y exacerbando la pobreza, observaban con una mezcla de perplejidad y desesperación. Se intentó argumentar que las mujeres y los pueblos indígenas son a menudo los más afectados por el cambio climático y, por ende, su mención específica en los acuerdos podría ser, quizás, útil. Sin embargo, estas súplicas fueron ahogadas por el clamor de proteger el “lenguaje libre de ideologías”.

Al final, el texto se aprobó con un vocabulario tan neutro que podría haber sido escrito por una inteligencia artificial programada para evitar cualquier controversia. El logro es innegable: se evitó que las palabras hirieran sensibilidades. El planeta, que sigue desertificándose sin distinguir entre géneros ni etnias, tendrá que esperar a que se resuelva la crisis terminológica antes de abordar la crisis real.