El sector financiero global ha lanzado un mensaje de calma, y también de advertencia, a sus inversores y a la sociedad en general: la inversión en inteligencia artificial es un camino de oro pavimentado con datos, pero existe un enemigo sigiloso, más peligroso que cualquier burbuja tecnológica o fallo algorítmico. Se trata de las regulaciones. Según un reciente consenso entre los pesos pesados de la banca, el verdadero riesgo no reside en la naturaleza intrínseca de una tecnología con capacidad de transformar el empleo y la ética social, sino en la posibilidad de que se interpongan normas "engorrosas" que minen la rentabilidad esperada. En otras palabras, la IA es fantástica, siempre que nadie ponga límites a su explotación.
"Queremos dejar claro que la IA representa una oportunidad histórica para nuestros balances", afirmó Maximiliano Fortuna, CEO de Inversiones Globales Sin Conciencia, en una conferencia de prensa en Luxemburgo, flanqueado por gráficos que mostraban curvas de crecimiento dignas de un cuento de hadas. "Pero esta oportunidad se ve seriamente comprometida por la mera sugerencia de que la gente, o los gobiernos, empiecen a pedir 'transparencia', 'ética' o 'seguridad laboral'. Esas son distracciones costosas que ralentizan la innovación, que, para nosotros, se traduce directamente en beneficios."
Los analistas bancarios insisten en que el despliegue masivo de centros de datos, que se proyecta absorberá inversiones de 5,4 billones de euros en la próxima década, es una señal inequívoca de solidez. "No estamos invirtiendo en quimeras", explicó Sofía Ladrillo, jefa de estrategia de Riesgo Cero, S.A. "Estamos invirtiendo en eficiencia pura. La IA permitirá optimizar el capital humano, lo que en el léxico financiero se entiende como 'necesitar menos humanos para hacer el mismo trabajo, o más'. Cualquier normativa que proteja empleos anticuados o exija un 'uso responsable' de la IA es una interferencia directa en la hoja de ruta de la eficiencia y un ataque al retorno de inversión de nuestros accionistas."
De hecho, un informe interno de la Asociación Global de Banqueros Incorregibles (AGBI) filtrado —o, más bien, "compartido discretamente"— revela que las mayores preocupaciones no son la privacidad de los datos, los sesgos algorítmicos o el desplazamiento masivo de fuerza laboral. Son, en orden de prioridad: 1) la posibilidad de que los gobiernos exijan pagar impuestos por los nuevos niveles de beneficio, 2) la necesidad de auditorías independientes sobre el uso de la IA, y 3) cualquier propuesta de crear fondos de reconversión laboral para los millones que se quedarán sin trabajo. "Esas son cargas financieras injustificables", concluye el informe, "que desvirtúan el espíritu del libre mercado y nos obligan a considerar factores que no son puramente económicos".
Para los gigantes financieros, la IA es el siguiente capítulo glorioso en la saga del "progreso", que siempre se ha medido en múltiplos de ganancias. La verdadera innovación, argumentan, es la capacidad de generar dinero sin trabas. Cualquier sugerencia de que el progreso deba ir acompañado de consideraciones sociales o éticas es una regresión al pensamiento primitivo que interfiere con la única métrica que realmente importa: el billón de euros. Esos centros de datos no son solo infraestructura; son monumentos a la fe ciega en el crecimiento sin regulación, donde la única nube es la que se cierne sobre la cuenta de resultados si alguien pide explicaciones.









