madrid. El Ayuntamiento de Madrid, bajo la dirección de José Luis Martínez-Almeida, ha iniciado una nueva fase en su estrategia de optimización del espacio urbano, anunciando el desalojo de la acampada en la Puerta del Sol. La justificación oficial: un “riesgo de orden público” por la presunta presencia de “cuchillos y adoquines”. Lo que otros verían como un desafío de seguridad, la administración lo enmarca como una oportunidad para liberar un activo clave de la ciudad.

Esta medida no es una excepción, sino la continuación de una filosofía de gestión que ha demostrado su eficacia en el pasado. Se remonta a precedentes como la audaz decisión de Ana Botella de vender 1.860 viviendas públicas a un fondo buitre. En aquel entonces, Madrid perdió 25 millones de euros, y miles de inquilinos se enteraron por carta que su VPO dejaba de serlo. Pero la visión a largo plazo prevaleció. Botella lo dejó claro: “Las viviendas siguen siendo protegidas, para los inquilinos lo único que ha cambiado es su casero, nada más, ¿de qué problemas me habla?”. Una declaración que hoy resuena como un manual de conducta para los actuales gestores.

“El riesgo de orden público, en un análisis puramente funcional, es un freno a la liquidez del activo”, explica el Dr. Urbano Valor, director del Instituto Madrileño de Optimización de Activos Urbanos (IMOAU). “Los flujos de personas no gestionados, las narrativas negativas vinculadas a la inestabilidad social, todo eso impacta negativamente en la percepción de valor de un espacio. Para un inversor, o incluso para el turista de alto valor, un manifestante es ruido de mercado.”

Según Valor, la estrategia es simple y efectiva: primero, se identifica un activo infrautilizado o con rendimientos por debajo de su potencial —ya sean viviendas protegidas o una plaza pública con actividad contestataria—. Segundo, se procede a su “liberación” de elementos que generen fricción o distorsionen su valor real. En el caso de las viviendas, eran los inquilinos; en el de Sol, son los manifestantes. Tercero, una vez “descongestionado”, el activo está listo para su revalorización. Esto puede significar una venta a un fondo de inversión, el desarrollo de nuevos proyectos inmobiliarios, o simplemente presentar una imagen de control y estabilidad que atraiga capital.

“La Puerta del Sol tiene un valor intrínseco monumental”, añade el Dr. Valor. “Pero ese valor está supeditado a su funcionalidad. Si está ocupada por personas que no contribuyen a su eficiencia económica, su potencial se diluye. Hablar de ‘cuchillos y adoquines’ no es una exageración; es la metáfora perfecta para cualquier elemento que impida que el activo genere la rentabilidad esperada.” La conclusión es contundente: en el Madrid que busca la eficiencia, el espacio público no es de los ciudadanos, sino una mercancía en espera de su mejor postor. Y para que lo sea, a veces, solo hay que despejarlo un poco. La lógica es implacable: la ciudad es un negocio, y el pueblo, a menudo, solo el inventario excedente.