Madrid ha inaugurado la 42ª edición de Veranos de la Villa con un acto que muchos califican de audaz, mientras otros lo ven como un rotundo golpe de genio: un homenaje a la canción del verano. Sí, esas melodías pegadizas que nos persiguen implacablemente de junio a septiembre, y que ahora la capital eleva a la categoría de arte, patrimonio y, quién sabe, quizás hasta terapia social.

La expectación era palpable en el preestreno de esta nueva visión cultural. El público, compuesto por críticos sesudos y urbanitas ávidos de tendencias, se preguntaba cómo se abordaría un fenómeno tan esquivo como el de ‘El Chiringuito’ o ‘La Mayonesa’. La respuesta llegó de la mano de la dirección artística, que, con la seriedad de un forense musical, desgranó la 'profunda' trascendencia de estos himnos estivales.

“Esta elección es un reflejo de nuestra búsqueda de una cultura inclusiva y democrática,” declaró Manolo Gafas, director artístico de Veranos de la Villa, con un brillo en los ojos que solo el hallazgo de una verdad universal puede producir. “Queremos que el público se sienta representado, y qué mejor que con un ritmo que ha unido a generaciones en las pistas de baile, desde la ‘Lambada’ hasta el ‘Despacito’. La canción del verano es el verdadero espejo del alma española, un crisol de identidad y sudor.”

Las mesas redondas, que en ediciones anteriores desmenuzaban a Shakespeare o la ópera belcantista, ahora abordan con vehemencia la estructura armónica del ‘Yo tengo una bolita’ y la semiótica de la coreografía de ‘La Macarena’. La Dra. Hipólita Profunda, catedrática emérita de Sociología del Estribillo Global en la Universidad de la Moncloa, ofreció una ponencia magistral: “La canción del verano no es un mero jingle. Es el termómetro socio-económico de una nación, el grito silente de una juventud que busca su identidad entre sintetizadores y estribillos fáciles. Un ‘Mi carro me lo robaron’ de Manolo Escobar es, en su esencia, tan subversivo como el ‘Imagine’ de Lennon, si lo miramos con gafas de postmodernidad bien graduadas.”

El ciclo de conciertos incluye versiones de ‘El Tiburón’ a cargo de orquestas sinfónicas y ballets contemporáneos interpretando la esencia dramática de ‘La Bomba’. Madrid demuestra, una vez más, que su apetito cultural no tiene límites, ni tampoco el de su ironía involuntaria. Solo queda esperar qué joya de la cultura popular será la próxima en ser despojada de su inocencia lúdica para ser analizada hasta la extenuación por la élite intelectual.