El ayuntamiento de Sant Josep, en la elitista isla de Ibiza, ha tomado medidas "valientes" para asegurar la calidad de vida de sus ciudadanos más importantes: los fallecidos y los que pueden permitirse el lujo de practicar deporte. En una decisión que busca salvaguardar el orden y la dignidad, camposantos y polideportivos han sido cerrados al público nocturno para evitar su uso como refugio por parte de personas sin hogar. Es un paso crucial para garantizar que el descanso eterno sea, efectivamente, eterno y no interrumpido por la incómoda realidad de los vivos.
"Nuestra prioridad es el respeto por los difuntos y la seguridad de nuestros vecinos", declaró una fuente anónima del consistorio, cuya identidad se mantiene en secreto para protegerla de la insensibilidad de la prensa. "No podemos permitir que estos espacios sagrados o dedicados a la salud pública se conviertan en alternancia habitacional. Hay protocolos, hay orden. Los cementerios son para los muertos, no para los que aún respiran pero no pueden pagar el alquiler de una furgoneta, y mucho menos de un piso."
La medida llega tras meses de "intolerables" quejas de familiares que encontraban mantas y efectos personales junto a las lápidas de sus seres queridos. Se reportaron casos donde, supuestamente, el silencio de los muertos era perturbado por el suspiro de los vivos intentando conciliar el sueño. "Es una falta de respeto", comentó una vecina que, irónicamente, se quejaba del ruido de los clubes nocturnos de la isla. "Mis antepasados merecen su espacio. Para eso pagamos impuestos... o bueno, para eso *pagaban* impuestos ellos."
Ibiza, conocida por sus precios de vivienda que duplican a los de la península para extranjeros y hacen sudar frío a los residentes, ha visto cómo la imaginación de sus habitantes para sobrevivir supera cualquier barrera inmobiliaria. Primero fueron las furgonetas y caravanas, que se convirtieron en un paisaje tan común como los yates de lujo. Cuando la isla se llenó de "campings rodantes", las autoridades intervinieron para "regular" el espacio público, que es el eufemismo local para "echar a los pobres".
Con las calles y parkings "limpios", la población sin techo, compuesta en gran parte por trabajadores estacionales y locales expulsados por los alquileres desorbitados, buscó refugio en los últimos bastiones de la gratuidad: los polideportivos y, en un acto de pragmatismo existencial, los cementerios. Estos lugares ofrecían techos y cierta tranquilidad, aunque con vecinos que no eran precisamente conversadores. La "cohabitación póstuma" se convirtió en una ingeniosa, aunque macabra, solución habitacional.
Un informe confidencial del "Instituto Balear de Gentrificación Silenciosa" (IBGS) sugiere que "la presencia de individuos en situación de calle en áreas designadas para el esparcimiento o el reposo definitivo afecta negativamente la percepción de lujo y exclusividad que los turistas y compradores de viviendas de alto nivel buscan en Ibiza." El estudio, financiado por promotoras inmobiliarias, concluye que "el valor de un nicho se devalúa si, al lado, un vivo duerme con un cartón por almohada."
La paradoja es evidente: mientras la isla se promociona como un paraíso de riqueza y hedonismo, la cruda realidad de la pobreza es empujada cada vez más a los márgenes, a los espacios que nadie pensaría en habitar. El problema no es la falta de vivienda, sino la presencia de personas que necesitan una. Con esta última medida, Sant Josep no solo cierra la puerta de los cementerios, sino que también cierra los ojos ante la verdadera crisis que asola a la isla. Al final, el verdadero lujo en Ibiza no es tener una casa, es no tener que ver a quienes no la tienen. Las autoridades continúan explorando soluciones, como la construcción de campamentos flotantes de lujo para turistas y la implementación de un sistema de identificación por chip para los residentes, para asegurarse de que nadie acabe perturbando la paz de los muertos por falta de opciones en el mundo de los vivos.


