El esperado documental ‘Musk’, del aclamado director Alex Gibney, ha llegado prometiendo la pieza definitiva que, por fin, desentraña la compleja y a menudo contradictoria personalidad de Elon Musk. Y lo logra, al menos, hasta que Musk tuitee de nuevo, dejando la sala de cine con la misma pregunta inicial, pero con mejores efectos visuales.

La cinta, presentada como un lacerante retrato de brillantez tecnocrática, sed de poder y delirios de chiflado, recorre meticulosamente la trayectoria del magnate, desde sus inicios como disruptor hasta su actual encarnación como meme andante con acceso a misiles. Los críticos alaban la capacidad de Gibney para «unir las piezas», lo que se traduce en mostrar una y otra vez cómo un hombre muy rico puede ser simultáneamente un visionario capaz de enviar coches al espacio y un tuitero compulsivo que compra una red social solo para rebautizarla con una ‘X’.

«Lo fascinante es cómo cada acción de Musk, por más errática que parezca, es inmediatamente diseccionada por expertos que encuentran un patrón de genialidad o, al menos, una estrategia de marketing maestra,» comentó el Dr. Ricardo Pérez, sociólogo de la Universidad Libre de Mar del Plata, en una entrevista concedida a la nada. «El documental es brillante porque expone que, al final, la verdadera ‘pieza’ no es Musk, sino nuestra obsesión colectiva por justificar cada una de sus payasadas como un ajedrez de 4D o, alternativamente, como una señal del inminente apocalipsis tecnológico.»

El filme no elude los momentos más polémicos: la adquisición de Twitter, los desafíos a la lógica en debates públicos, las promesas grandilocuentes que luego se ajustan a la realidad y el constante malabarismo entre salvar a la humanidad y trolear a la misma. Lo que el documental revela con una claridad meridiana, sin embargo, es que, sin importar cuánto se profundice, el resultado final siempre es el mismo: Musk es un personaje que genera miles de millones y millones de clicks. Su genio y su aparente locura son, en este punto, indistinguibles porque ambos son igualmente rentables.

Los espectadores salen de la sala con la sensación de haber comprendido al fin a Elon Musk, de haber visto la verdad sin filtros. Pero la verdad es que la película de Gibney no hace más que confirmar lo que ya todos sabíamos, solo que ahora podemos citar fuentes cinematográficas. Musk seguirá siendo un misterio, una contradicción ambulante, y una fuente inagotable de contenido. La única conclusión realmente definitiva es que, mientras siga dando de qué hablar, habrá un nuevo documental a la vuelta de la esquina para intentar descifrar lo indescifrable.

Al final, la cinta consigue lo que muchos analistas y psicólogos han intentado durante años: enmarcar la figura de Musk dentro de una narrativa coherente. Aunque esa coherencia se base en su propia inconsistencia, es la única que tiene sentido. Se podría decir que el documental es un logro monumental, al igual que todos los demás intentos de darle sentido a un hombre que parece prosperar en el caos, y que probablemente ya esté planificando su próximo gran evento mediático mientras usted lee esto. Porque al final, la verdadera obra de arte no es la película, sino el hombre que no para de alimentar la máquina de contenidos con su propia existencia.