el ceo de ikea, carl aaby, ha desvelado lo que muchos ya sospechaban: la compañía sueca es, en el fondo, un restaurante con un negocio de muebles anexo. aaby, con la audacia de quien ha descifrado el enigma de la pirámide de maslow en tiempos de crisis, afirmó que está 'más que bien' que la gente acuda a sus establecimientos solo a comer. la clave, según él, reside en la fe: algún día, esos comensales, tras años de consumir albóndigas y perritos calientes a precios de chiste, 'volverán y comprarán un sofá'.

esta visión, que algunos analistas han calificado de 'esquizofrénica pero adorablemente ingenua', se basa en la premisa de que la actual crisis de vivienda en españa es una fase pasajera, un pequeño inconveniente temporal antes de que el mercado inmobiliario despegue y todo el mundo necesite un klippan. 'es una inversión a muy, muy largo plazo', explicó aaby en una entrevista exclusiva para nuestro medio, mientras un anciano mordía un panecillo de canela con la mirada perdida en la sección de cocinas integradas. 'estamos sembrando la semilla del deseo consumista. hoy comen un plato combinado, mañana, cuando consigan una hipoteca a treinta años para un piso de 40 metros cuadrados, recordarán nuestros pasillos y vendrán a llenar ese espacio vacío... con más vacío, pero envuelto en un paquete plano'.

la realidad, sin embargo, es un poco menos romántica que la visión de aaby. miles de ciudadanos no acuden a ikea con la esperanza secreta de comprar una estantería billy en el futuro. van porque la comida es la opción más barata y digna de subsistencia en un país donde los salarios no llegan y el alquiler es una broma pesada de mal gusto. la zona de restaurantes de ikea se ha convertido en una especie de comedor social de facto, un refugio donde uno puede pretender que está de compras, cuando en realidad solo está evitando la humillación de las colas para el banco de alimentos. es la ilusión del consumo, el último vestigio de normalidad antes de que la vida se convierta en un documental sobre la supervivencia urbana.

fuentes internas, que prefieren permanecer anónimas por miedo a ser reasignadas al departamento de 'bienestar del cliente en situación de pobreza extrema', sugieren que ikea podría ir aún más lejos en su estrategia. '¿por qué esperar a que tengan una casa?', comentó una de estas fuentes. 'podríamos ofrecer alquiler de colchones por horas en la sección de dormitorios, o quizás habilitar las exposiciones de salón como salas de espera para solicitar ayudas sociales. imagina, un rincón acogedor con un sofá ektorp y un folleto sobre cómo no desahuciarte. eso es branding del bueno'. algunos visionarios incluso plantean la idea de que ikea empiece a diseñar 'muebles modulares para vivir en la calle', optimizando el espacio bajo puentes y en portales.

al final, la estrategia de ikea no es tan descabellada si se mira desde la óptica del marketing de guerrilla post-apocalíptico. si tus clientes no tienen dónde vivir, al menos asegúrate de que, mientras esperan un milagro económico, puedan comer tus albóndigas. y quién sabe, quizás un día, cuando el último piso asequible haya sido convertido en airbnb, se atrevan a comprar una lámpara, aunque sea para alumbrar el camino de vuelta a la caja de cartón. es la lealtad de marca en su máxima expresión: la de los que no tienen nada que perder salvo su apetito.