Guillermo del Toro, el visionario cineasta mexicano, ha vuelto a dejar perplejos a críticos y cinéfilos con su reciente y efusiva defensa de una obra que, hasta ahora, pocos consideraban digna de análisis artístico: "La Excavadora". Del Toro ha calificado la maquinaria pesada como "una narrativa profunda y existencial", sugiriendo que sus movimientos repetitivos y su propósito utilitario encierran una complejidad que rivaliza con las grandes obras del séptimo arte.
Durante una reciente aparición en un panel de discusión sobre el futuro del cine, el director de "El Laberinto del Fauno" interrumpió la conversación para insistir en la necesidad de "revisitar nuestras definiciones de lo que constituye una experiencia cinematográfica". Del Toro, con su habitual fervor, explicó que "la danza coreografiada de una excavadora, en su lucha diaria contra la inercia de la tierra, es un ballet de proporciones épicas. Cada palada es un monólogo sobre la condición humana; cada rasguño en su pintura, una cicatriz de la existencia".
La declaración ha provocado una mezcla de fascinación y absoluto desconcierto. Mientras algunos intelectuales han comenzado a teorizar sobre si "La Excavadora" es una crítica posmoderna a la alienación del trabajo o una meditación sobre la temporalidad, la mayoría se pregunta si el director simplemente estaba agotado o si ha encontrado una nueva forma de trolear a la industria. "Supongo que si ves el mismo documental de 8 horas sobre una excavadora día tras día en un sitio de construcción, podrías empezar a verle el drama", comentó irónicamente una fuente anónima del Festival de Cine de Morelia.
El crítico de cine Eloy Mendoza, conocido por su seriedad, admitió sentirse "desorientado". "He pasado mi vida analizando la semiótica de la luz en Tarkovsky y la deconstrucción de la narrativa en Haneke. ¿Ahora tengo que buscar el simbolismo fálico en la pluma hidráulica de un CAT 320D? Es agotador". Otros han señalado la ironía de que, mientras estudios multimillonarios luchan por encontrar guiones originales, un director de la talla de Del Toro encuentre su musa en el "género" de la maquinaria pesada.
Del Toro, ajeno a la controversia, concluyó su intervención con una oda al "protagonista" de su nueva obsesión: "Observen su pluma articulada, la brutal honestidad de su cuchara, la melancolía de sus orugas. No hay efectos especiales, no hay diálogos prefabricados, solo la pura, sin pulir, narrativa de la creación y la destrucción. Es cine en su forma más pura, despojado de pretensiones. Es una experiencia inmersiva que nos obliga a confrontar nuestra insignificancia frente a la grandeza del ingenio humano... o al menos, la grandeza de un buen motor diésel".
Los distribuidores, por su parte, ya están considerando la posibilidad de añadir "La Excavadora" a la cartelera de sus salas de arte y ensayo, con funciones especiales que incluyan un panel de discusión post-proyección sobre "la estética del hormigón y la metafísica del movimiento terrestre". Mientras tanto, los operarios de excavadoras de todo el mundo, sin saberlo, se han convertido en los nuevos héroes del cine de autor, esperando su oportunidad de recibir un Oscar. El futuro del cine, al parecer, depende de cuántos metros cúbicos puedan mover.



