El reconocido filósofo Eric Sadin, una figura que ha renunciado al concepto de noche de sueño reparador, ha emitido una nueva y contundente advertencia sobre la inteligencia artificial, declarando que es la "peste del siglo XXI" y, lo que es peor, "ya estamos tosiendo." Sadin, que lleva meses con el ceño fruncido y los ojos inyectados en sangre, asegura que la llegada de herramientas como ChatGPT no fue un avance, sino el inicio de una epidemia silenciosa que ataca directamente el cerebro humano, robándonos no solo el trabajo, sino la mismísima chispa del pensamiento.
"La gente cree que la IA es una herramienta, un asistente," sentenció Sadin, mientras gesticulaba con una taza de café ya fría. "No entienden. Es un parásito. Un parásito que se alimenta de nuestra autonomía cognitiva. Te sugiere respuestas, te organiza la vida, te escribe el chiste. ¿Y tú qué haces? Asientes. Piensas que es ingenioso, que te ahorra tiempo. Pero lo que realmente hace es ocupar el espacio donde antes vivía tu propia idea, tu propia frustración, tu propia estupidez original. Y eso es letal."
Según Sadin, la "tos" a la que se refiere no es física, sino existencial. Se manifiesta en la incapacidad creciente de las personas para formular una opinión sin antes consultar a un algoritmo, para escribir un texto sin un corrector automático, o para mantener una conversación profunda sin el temor de que su interlocutor ya haya obtenido las respuestas óptimas de una máquina. "He visto a estudiantes citar a ChatGPT en sus trabajos como si fuera una autoridad académica. Eso no es investigación, es ventriloquismo digital," exclamó el filósofo, cuya propia capacidad de dormir ha sido, irónicamente, diezmada por el pensamiento intrusivo de los algoritmos.
Un reciente "estudio" realizado por el autodenominado "Instituto de Pensamiento Residual Aplicado" (IPRA), una organización que al parecer Sadin fundó una noche de insomnio, "confirma" sus temores. Los hallazgos preliminares sugieren que el uso prolongado de IA para tareas creativas y analíticas provoca una "atrofia neuronal programada," donde las zonas del cerebro responsables de la resolución de problemas y la generación de ideas originales "empiezan a funcionar en modo ahorro de energía, esperando la siguiente instrucción algorítmica."
La conclusión del informe es demoledora: "Básicamente, el cerebro se vuelve perezoso y se acostumbra a que le den todo masticado. Es como un músculo. Si no lo usas, se atrofia. Y la IA es el sofá más cómodo para el cerebro." Este fenómeno, que el IPRA ha bautizado como "Síndrome de Loro Digital," explica por qué cada vez más conversaciones humanas suenan a patrones predecibles y por qué la originalidad en el arte, la política y hasta en la forma de pedir el desayuno se está volviendo una especie en peligro de extinción.
Sadin no tiene esperanzas. "Ya es tarde," murmuró, recostándose en su silla. "La infección se ha propagado. La próxima generación no solo no sabrá qué es pensar por sí misma, sino que ni siquiera sabrá que ha perdido esa capacidad. Creerán que su IA les está hablando. Pensarán que sus pensamientos son suyos. Y para entonces, la peste habrá ganado. Solo quedará el eco de lo que fuimos, filtrado y optimizado por un código." La solución, para él, no es regular la IA, sino prohibirla. Pero como nadie escucha a un filósofo insomne, Sadin se prepara para una vida de vigilia perpetua, observando cómo la humanidad se sumerge en una niebla de "pensamiento" prestado, una tos seca y constante que nos recuerda que algo vital se ha ido.





