un nuevo estudio del Centro para la Discusión Incesante (CDI) ha revelado que la percepción de la "libertad de expresión" en la sociedad moderna funciona bajo una premisa simple, pero convenientemente omitida: es un derecho inalienable, siempre y cuando lo que digas no me moleste a mí, ni a mi grupo, ni a mis convicciones, ni a mi estado de ánimo, ni a mi cena. el informe, que ha sido recibido con el silencio incómodo de quienes se vieron retratados, sugiere que la declaración del escritor salman rushdie sobre el cambio de los frentes de la censura es solo la punta del iceberg de una verdad mucho más profunda y universalmente ignorada.

el estudio, que recopiló datos de más de 30.000 "debates" en redes sociales, foros académicos y programas de tertulia política, descubrió que, en promedio, el 87% de los individuos que defienden "la libertad de expresión a toda costa" tienden a abogar por la "regulación" o "moderación" del discurso cuando el contenido choca directamente con sus propias sensibilidades o ideologías. "no es hipocresía, es ingeniería social intuitiva", explica la Dra. elara valdés, investigadora principal del CDI. "nuestro cerebro ha desarrollado un algoritmo para redefinir 'libertad' como 'liberación de aquello que considero ofensivo, peligroso o simplemente tonto, especialmente si lo dicen 'ellos'".

la investigación categoriza este fenómeno como "disonancia cognitiva adaptativa selectiva", donde la defensa apasionada de un principio abstracto se ajusta mágicamente para justificar su anulación en casos concretos. "hemos observado a personas exigir la libertad de injuriar, y luego, con el mismo aliento, pedir la cancelación de quienes los injurian a ellos", añadió valdés. "es un doble rasero tan transparente que es casi poético. es como si la libertad de expresión fuera un cheque en blanco que cada uno solo quiere cobrar para sí mismo, y rechazar los cheques de los demás".

los hallazgos sugieren que el concepto de "espacio seguro" se ha expandido hasta el punto de abarcar cualquier lugar donde una idea incómoda no pueda entrar, mientras que el grito de "libertad" se ha convertido en una licencia para herir al opositor, nunca para tolerar al diferente. el informe también destaca cómo figuras públicas de todo el espectro ideológico emplean retóricas idénticas para justificar la supresión de opiniones: los de una orilla, invocando la "moral" o la "tradición"; los de la otra, la "justicia social" o la "seguridad emocional". al final, el resultado es el mismo: menos voces, más eco.

"en el fondo, la gente no quiere un debate, quiere un sermón donde ellos son el predicador y la audiencia está obligada a asentir", concluyó el informe. "la verdadera libertad de expresión, esa que te obliga a escuchar cosas que te irritan o te hacen cuestionar tus propias creencias, se ha vuelto tan exótica como un unicornio, y la mayoría prefiere el silencio de su propia burbuja. quizás, el próximo estudio deba enfocarse en cómo podemos aprender a vivir con el incómodo sonido de la disidencia sin que nos dé un infarto, o mejor aún, sin que nos sintamos obligados a callarla con una pataleta digna de un niño de dos años."