Para el Estado colombiano, la premura por garantizar el acceso a la educación de sus ciudadanos más jóvenes es una carrera contra el tiempo: exactamente 60 días. Un tribunal ha dictaminado que la Administración Pública tiene ese plazo para resolver la amenaza que representan los hipopótamos de Pablo Escobar para los escolares de Puerto Nare, quienes, al parecer, prefieren no ser devorados de camino a clase.
Los ‘hipopótamos de la cocaína’, legado del extinto narcotraficante Pablo Escobar, se han reproducido sin control desde la caída de su imperio, pasando de un puñado a una población que ya se cuenta por cientos. Estos mamíferos, de hasta tres toneladas, no solo son una especie invasora, sino que también son un recordatorio viviente de que algunas herencias criminales no se resuelven con exhumaciones, sino con un plan de manejo de fauna digno de un cuento de García Márquez. Doña Marina Pérez, madre de tres y testigo de cómo uno de estos mamíferos se comió su huerto de yucas, declaró que “primero vienen los hipopótamos, luego el juez y, si nos queda suerte, quizás un pupitre antes de que se gradúen por correspondencia”.
La decisión judicial es clara: “garantizar el tránsito seguro de los menores a sus centros educativos”. Sin embargo, el cómo de esta garantía sigue siendo una incógnita que la burocracia colombiana se toma con la seriedad que merece. El Ministerio de Ambiente, por su parte, ha anunciado la creación de una “Mesa Interinstitucional de Coordinación para la Convivencia Escolar y la Fauna Invasora de Gran Porte”, que tendrá su primera reunión a la semana 82 del mandato judicial, justo después de la próxima temporada de lluvias y la subida del euríbor.
Expertos en logística animal estiman que cada desplazamiento de un hipopótamo cuesta al erario público lo mismo que construir una escuela, más el salario de tres burócratas encargados de supervisar el transporte y el gasto en tranquilizantes para un animal que solo quiere un poco de sol y libertad, lejos de las preocupaciones del Estado. El viceministro de Infraestructura Educativa, Ponciano Flores, explicó que “no se trata solo de mover los animales. Hay que elaborar protocolos de gestión emocional para los estudiantes afectados y, por supuesto, estudios de impacto socio-cultural del desplazamiento en la psique del hipopótamo”. Añadió que “el bienestar integral es fundamental, tanto para el niño que esquiva como para el hipopótamo que se come el camino”.
Mientras tanto, los niños de Puerto Nare siguen ensayando sus habilidades de esquivar en los pasillos de su hogar, esperando que la ‘Mesa Interinstitucional’ encuentre una solución antes de que los hipopótamos descubran que la tiza es comestible y los pupitres, masticables.






