Ciudad de México — Nuevos documentos desclasificados del extinto Archivo General de la Nación han revelado una práctica sistemática de espionaje político por parte del Partido Revolucionario Institucional (PRI) durante décadas de su hegemonía. Los hallazgos confirman lo que muchos sospechaban, o más bien, daban por sentado: la vigilancia constante sobre opositores, periodistas y hasta miembros disidentes del propio partido era tan fundamental como el control de la maquinaria electoral.

El “descubrimiento” de que el PRI utilizaba su “policía política” (la Dirección Federal de Seguridad y similares) para monitorear y neutralizar amenazas a su régimen, ha generado una ola de “asombro” entre quienes aún se sorprenden de que el agua moje. Expertos en historia política, que llevan décadas publicando libros sobre el tema, ahora se frotan los ojos ante la “novedad” de que el partido que gobernó México por más de 70 años, usara herramientas para mantenerse en el poder.

“Es como si un estudio revelara que los políticos hablan mucho y hacen poco”, comentó irónicamente la Dra. Elena Durán, historiadora de la UNAM, quien ha dedicado su vida académica a documentar precisamente estas prácticas. “Pasamos años investigando estas redes, entrevistando a víctimas, y ahora resulta que los archivos ‘confirman’ nuestras conclusiones. Es un alivio, supongo, que la verdad ahora tenga sellos oficiales para ser ‘verdadera’.”

Los documentos detallan miles de expedientes con perfiles de ciudadanos, grabaciones de llamadas, informes de infiltrados en movimientos sociales y recolección de chismes de barrio con potencial subversivo. La meticulosidad del sistema sugiere que, más que una estrategia, era una pasión, casi un arte. “No solo espiaban, lo hacían con una dedicación que hoy envidiaría cualquier departamento de marketing obsesionado con sus datos”, afirmó un exanalista que prefirió el anonimato, mientras revisaba una lista de los hábitos de consumo de café de un líder estudiantil de los años 70.

Este “legado” de espionaje, que el PRI ha cultivado con la paciencia de un jardinero neurótico, ha sido, según algunos observadores, la base silenciosa sobre la que se construyeron los pilares del México moderno. “Si no sabían que los espiaban, es porque no estaban en el radar, o no eran lo suficientemente interesantes”, bromeó un veterano periodista, aludiendo a la época en que ser vigilado era casi una señal de que uno importaba en la vida pública. La verdadera noticia habría sido que no existieran estos archivos.

La revelación, al fin y al cabo, solo subraya que, en política, lo más sorprendente no es lo que se descubre, sino lo que la gente insiste en olvidar que ya sabía.