Un reciente informe del Instituto de Desarrollo Personal Atrasado (IDPA) ha revelado que la creciente tendencia de adultos comprando juguetes no es un síntoma de escapismo generacional, sino un indicador de una "sofisticada revalorización del bienestar personal". El estudio, financiado por un consorcio de fabricantes de figuras de acción y ladrillos de construcción, concluye que el "kidulting" es una estrategia de afrontamiento madura y financieramente viable para las presiones de la vida moderna.
El Dr. Elías Ventura, director de investigación del IDPA y co-autor del informe, explicó que "la inversión en figuras de acción coleccionables o sets de construcción complejos es una manifestación tangible de la búsqueda de autoafirmación en un mundo posmoderno donde la compra de una casa es una fantasía". Según Ventura, los adultos, en lugar de gastar en "experiencias volátiles" como viajar o vivir, eligen "activos tangibles que pueden exhibir en su escritorio de la oficina de casa y que no requieren interacción social estresante".
Los fabricantes de juguetes, por su parte, no han tardado en adaptar sus estrategias. Empresas que antes se enfocaban en cumpleaños infantiles ahora lanzan líneas "premium" para mayores de 30, con empaques elegantes y precios que rivalizan con los de un buen reloj. "No estamos vendiendo juguetes, estamos vendiendo nostalgia encapsulada", afirmó Marta Sánchez, directora de marketing de una conocida marca de muñecos articulados. "Es una forma de decirle a nuestros clientes: 'sí, la vida adulta apesta, pero al menos puedes revivir los 90 con esta réplica perfecta de tu superhéroe favorito, ahora con articulaciones que no se rompen tan fácil'."
Manuel Gómez, de 38 años, quien recientemente gastó el equivalente a la cuota inicial de un coche pequeño en una réplica a escala de su nave espacial favorita, declaró: "Es mi fondo de retiro emocional. Mis amigos invierten en propiedades; yo, en la felicidad pura de no pagar hipotecas que nunca tendré". Gómez, quien vive con sus padres desde la pandemia, asegura que "montar mi colección me da una sensación de logro que ningún ascenso laboral ha podido igualar". El informe del IDPA valida esta perspectiva, citando que "la finalización de un modelo de mil piezas ofrece una gratificación instantánea y medible, superior a la lenta e impredecible construcción de una carrera o una relación duradera".
Mientras tanto, psicólogos de otras instituciones, no patrocinadas por la industria del juguete, observan con recelo la proliferación de esta tendencia. La Dra. Laura Solano, terapeuta con más de veinte años de experiencia, comentó fuera de micrófono: "Mis pacientes ya no hablan de sus traumas, sino de la última figura de edición limitada que consiguieron. Parece que es más fácil comprar un juguete caro que enfrentar por qué se sienten tan infelices". Sin embargo, el informe del IDPA desestima estas preocupaciones, argumentando que "la posesión de un juguete de alto valor coleccionable es un acto de autoempoderamiento que reafirma la agencia individual en un ecosistema capitalista, ¡y se ve genial en Instagram!"
El mercado global del juguete, que ahora incluye una creciente porción de "kidults", se proyecta a seguir creciendo. Los analistas prevén que, a medida que las generaciones más jóvenes enfrenten mayores dificultades para acceder a la vivienda, la estabilidad laboral y un futuro predecible, la demanda de dragones de peluche gigantes y consolas retro continuará al alza. Después de todo, si no puedes construir un futuro, al menos puedes construir un castillo de Lego.


